Cierro mis ojos. Siento mi cuerpo desde
adentro, con una claridad abrumadora. Siento mis manos rozando mis piernas,
sueltas, relajadas; siento mis pies resistir el peso de mi cuerpo. Siento mi respiración expandiendo mi cuerpo: primero
el abdomen, para que luego toda mi espalda le dé lugar a ese aire, que se tiñe
como por casualidad de su perfume. Sólo
entonces siento una oleada de sentimiento, de confusión, que me arrastra desde
mi pecho hasta sus pies, hasta sus inseguridades, hasta el olor de su piel,
hasta mi boca en su espalda. Me arrastra súbitamente, sin consultar, hasta sus
ojos, su recuerdo, su piel sobre la mía, su abrazo salvador. Y es entonces
cuando me choco con sus palabras, sus incertidumbres, sus miedos y me veo, como
desde afuera, perdida en ese mar de problemas burdos, de cobardía y negación.
¿Acaso
no ves que te quiero? Te quiero, y ese es el gran monstruo. Te quiero y me
queres (¿me queres?) y no dejas que te llene de fuerza; más bien, te atemoriza.
Y ese temor se hace verbo, se hace distancia, se hace muralla. ¡Dejame entrar! Que
estas cosas rara vez pasan. Dejame entrar, que ando cansada de tanto atarme,
que ya no quiero mentirme más. Dejame entrar, o dejame ir, que ya no aguanto el
pasar de los días buscando encontrarte.
‘’Si no tardas mucho, te espero toda la vida’’.